Rosas negras (II)

Recordaba perfectamente el día que le conoció…

– Este bolígrafo es suyo, ¿cierto? – le había preguntado educadamente, a la vez que se sentaba confiadamente a su lado en la amplía biblioteca. Recordaba cómo me había preguntado mí misma cómo un chico como él se había fijado en ella.

– La verdad es que… No – respondió ella riéndose.

– Lo sé, pero he conseguido que empecemos una conversación. Así que, señor bolígrafo puede volver a su estuche, ha cumplido su cometido – guardó el bolígrafo en su propio estuche después de finalizar su pequeña comedia.

Ambos nos habíamos reído, y luego comenzamos a conocernos. Me hizo sentir amor, pero esta vez nos entendíamos, no había sido como en otras relaciones, congeniábamos como pareja. Sin darme cuenta me había emocionado tanto que no me di cuenta de lo que realmente estaba pasando. Yo sé que todas las parejas al empezar pierden un poco de su independencia porque están muy enamorados, pero no sabía que este tipo de relación iba a exigirme perder mi independencia el resto de mi vida… Era un juego malvado este, te invitaban, te tiraban la trampa mientras te hacían mirar al suelo y cuando mirabas hacia arriba intentando volar ya era demasiado tarde, un techo de cristal que fingía ser tu libertad. Ella no recordaba haber firmado para esta clase de trato, “es lo que todo el mundo hace”, decía su amiga. ¿Y si lo hace todo el mundo yo también?

Se había marchado, herida, un poco rota. Era duro haber aceptado por sí misma quien era, pero más aún estaba siendo recibir el rechazo de todo el mundo, lo peor era que lo entendía, les entendía, ella había estado en ese mismo lugar, creyéndose aquel cuento de hadas. Qué fácil era seguir pensando lo mismo, qué fácil habría sido seguir estando oprimida, qué fácil habría sido venderle su libertad a cualquiera, qué fácil… Lo difícil era destruirse a una misma para reconstruirlo de nuevo, no podía evitar esa punzada de frustración por cada persona que no sabía lo fuerte que podía llegar a ser, todas esas personas que no conocían la libertad.

Se dirigió a paso rápido al piso de una de sus mejores amigas, Arisa. No para de pensar en lo que quería, se imaginaba en el futuro con Eric, ¡claro que sí!, pero no sabía, ni podía asegurarle qué pasaría. No podía firmar un contrato en el que su futuro y su cuerpo eran de otra persona, ¿qué clase de libertad era esa? Había luchado mucho como para quedarse ahí, vencida. No, prefería estar sola. Quizás era orgullo, por defender quien era. Arisa la acogió sin hacerle muchas preguntas, pasaron el día viendo películas, Ruth no paraba de compararlo todo con él, de acordarse de Eric, imaginaba cosas locas como Eric y Miguel conociéndose y llevándose bien, imaginaba poder hablar con libertad y sinceridad de con quien le apetecía estar un día. Pero sabía que eso a Eric le molestaría, le daba rabia, no por él sino por ellos, por la pareja en sí, no sabía cómo abarcar la relación. Entendía que Eric seguía creyéndose aquel cuento que les habían vendido pero no quería tirarle una bomba de clavos y dejarle hundido.

Todo aquello no tenía nada que ver con lo que sentía por él, independientemente de todo, ella seguía enamorada pero el trato que habían establecido como pareja la estaba asfixiando a ella y machacando a Eric. No estaba siendo nada sano. Varias veces se sintió culpable pero se recordó que no hacía nada malo, había pasado por mucho con ella misma, no era fácil construirse, era mucho más fácil dejarse hacer. El futuro sabía que cambiaría, todo el mundo cambia, pero sólo de imaginarse en la misma situación, encerrando sus sentimientos en cajas que proseguirían la cadena de eliminación hacía su incineración… Nunca más. Viviría como ella era, con quien la aceptase, sin depender de nadie, en su nuevo mundo lleno de posibilidades, sin taboos, sin secretos, sin culpabilidad…

– Lo siento mucho – dijo él nada más abrir la puerta. Ruth no contestó. – ¿Qué podemos hacer…? – preguntó con la voz quebrada.

– No lo sé – admití.

– No quiero que lo dejemos, ni ahora ni nunca – se sentaron en el sofá. Ruth estaba pensativa.

– No podemos seguir así, es lo único que sé – él le lanzó una mirada cargada de miedo, odiaba eso, dependencia.

– Puedo cambiar.

– No quiero que lo hagas. En vez de eso, piensa qué quieres para ti, y qué te ofrezco yo. Compáralo y dime tú… Mientras estaré por ahí, libre, volando.

Mientras llovía, Ruth se regocijaba en una pequeña taza de café caliente. Se notaba más ligera, como si se elevase, de pronto sus alas aún quebradas por estar abandonadas empezaban a hacer esfuerzos de gigante en su intento por volar muy alto, pero necesitaba que sus alas madurasen, y ya volaría. Oh, y tanto que lo haría…

-L.V.R.-

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1 Comment on "Rosas negras (II)"

  1. Normalmente no suelo sacar nada en claro de mucha información que hay por internet,
    pero he de decir que esta noticia me ha sorprendido mucho,
    felicidades =)

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