Rosas negras (I)

– Creo que siento algo más por otro – una espinita se me clavó en el corazón y empezó a crecer, sólo daría a luz una dolorosa y herida rosa negra.

Siempre estuve enamorado de ella, desde que la vi, tan feliz y sonriente, su melena salvaje rizada y oscura, era mi leona. Y yo siempre pensé que era su león, para siempre. Más tarde ella empezó a decir que necesitaba ser más independiente, yo se lo concedí, pero creo que sigo sin ser independiente yo mismo. La veo como la mujer de mi vida y me imagino toda mi vida con ella, ese sueño de una familia, ya sea con más o menos errores, ya surjan peleas… Haría cualquier cosa con tal de mantener ese sueño conmigo, y hacer que se cumpla. Ella es perfecta para ese papel, es la mujer de mi vida, ninguna puede reemplazarla.

Era un jueves más, trabajo, vuelvo, la veo en casa con el portátil sobre las piernas tatareando canciones y sonrío embobado imaginándola ahí con nuestros pequeños en un futuro. Recuerdo lo que me había dicho el día anterior, y siento como mi sueño se resquebraja. No sabe cuánto daño me hace. Entiendo que ella no puede evitarlo pero yo tampoco, ¿Qué papel tendría ese otro en nuestro futuro?, ¡no quiero a nadie entre nosotros! O mucho peor, que prefiera quedarse con él, tener sus hijos con él y no tener un futuro conmigo. Nunca antes le había gustado otra persona, y ahora que pasaba… Supongo que secretamente confiaba en que su amor era suficientemente fuerte como para que no se enamorase de otro.

– ¿Y eso qué quiere decir? – pregunté preocupado.

– Sólo quería que lo supieses. Tú y yo seguimos igual, cariño – aclaró ella con naturalidad, mientras yo por dentro ardía de inseguridades.

– ¿Cómo es él? – no me pude resistir a la curiosidad, a saber qué clase de hombre era suficientemente bueno como para hacerle sentir algo.

Luego de una breve descripción decidí cambiar el rumbo de la conversación, imaginarla físicamente con otro hombre me comía de celos. Ella, mi otra mitad, mi pareja, la persona que más quería del mundo y sin la que dudaba que pudiese seguir adelante, enamorándose de otro. Un rival que podía hacer que yo bajase a segunda división. Traté de ponerme en la piel de ella, quizás le resulto aburrido después de un par de años,  porque he engordado o porque ya no siente lo mismo… Me deprimía pensar en ello, era obvio que si estuviese tan emocionada en la relación como yo no le ocurriría algo así. Yo no me fijaba en ninguna mujer, ni siquiera en la oficina, me parecían guapas algunas pero no las veía como a ella. Comencé a tener menos apetito, me obsesionaba pensar en cuando se veían mi chica y el otro, y qué hacían, empecé a pensar que quizás me engañaba, la veía cada vez más ilusionada: “voy a salir a correr con él”, me dijo. Estuve toda esa misma tarde esperando a que ella volviese, sin poder concentrarme en nada, me la imaginaba a ella con él, sudados, haciendo lo que hacía conmigo o aún peor, cosas que le gustasen más, que volviese y me dijese “házmelo como él”. Me volví loco en esas dos horas, estaba perdido sin ella.

– ¿Eric?, ¿qué te pasa? – Ruth se dio cuenta en seguida de que no estaba bien.

– Me pones los cuernos, ¿verdad? – le pregunté, mentalizándome de que la respuesta iba a ser sí y qué iba a hacer para recuperarla.

A Ruth se le cambió la cara, frunció el ceño.

– Claro que no – respondió secamente.

– Puedes decírmelo, no hace falta que sigas mintiendo – insistí.

– ¿De qué estás hablando? Por dios, ¿qué te pasa?

– Pasas con él muchísimo tiempo, haces cosas con él que conmigo no, me dijiste que empezabas a sentir algo por él… ¿y no tenéis nada más? – me tembló un poco la voz.

– Me parece increíble que no me creas – Ruth suspiró. – ¿Y qué pasaría si sí hubiese tenido algo?

– Pues que no sería lo mismo. No… No estaríamos igual, cambiaría todo – las manos me sudaban.

– ¿Y tú no has cambiado? Hace un año decías que tu empresa te daba asco, ahora te lo pasas pipa con tus jefes. Todo el mundo cambia, no podemos parar eso. No puedes obligarme a ser quien era para siempre – aparté la mirada de ella, estaba claro que no me entendía, me dolía el pecho. – Sólo te importa lo físico, no lo que yo sienta – protestó ella.

Claro que me importaba como se sentía, pero no era yo él que le hacía sentir y eso me hacía encelarme.

– Sí, he cambiado pero no como tú. No puedo evitar este dolor, me duele imaginarte con otro, que te haga más feliz que yo, que puedas dejarme de lado por él, o que yo pase a ser menos importante para ti… – un silencio pareció separarnos, como si estuviésemos a miles de kilómetros de distancia en vez de a un metro.

– Eso, átame a ti, a que sea como tú quieres que sea, a que haga lo que tú quieres que yo haga, a que actúe y sienta lo que tú quieres. A que viva por ti y no por mí.

Lo siguiente que recuerdo era como ella se iba, llorando, y yo con mi sueño roto, los pedazos eran el abono perfecto para mis rosas negras.

-L.V.R.-

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Amor Libre Spain
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